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Elucubraciones post-teatro

Asistir a una obra es un acto extraño ¿Qué nos mueve a a sisitir a un evento escénico? La respuesta, la da o la quita la propuesta misma

Como público no vinculado profesionalmente a alguna actividad del arte escénico, son extrañas las razones por las que asistimos al teatro. Y si no extrañas, al menos difíciles de aclarar. ¿Entretenimiento inmediato? Tal vez, pero esa razón nunca es suficiente frente a otras opciones menos engorrosas para la mente (y muchas veces, más asequibles para el bolsillo). Recuerdo que en una entrevista Gerardo Trejoluna me explicaba que para él –respecto a los espectadores, al proceso de abandonar la casa para ir a un evento escénico- el teatro era un ritual en comunidad al que asistíamos para una especie de conciliación, “unos prefieren ir a un temazcal, otros, preferimos venir al teatro”. Creo que a partir de ahí, los motivos por los que cada semana me veo de frente a los actores –rodeada, casi por completo, de desconocidos- se aclararon un poco: el hecho escénico, el momento al que asistimos para la creación de una ficción, para darle oportunidad a un mundo inexistente de ser, es el que me atrae inevitablemente. Esa sensación latente de que aquella ficción –a mi gusto, entre menos apegada al mundo cotidiano, mejor- es sólo posible a través del consenso, de la resignación o triunfo de una idea frente a otra en pos de un proyecto y de un reto enteramente colectivo, de un trabajo en equipo pues, me devuelve un poco de esperanza en la especie. No sólo los actos misantrópicos nos van a salvar. Hay, en la colectividad (una de ellas la escénica) indicios para saber que sí podemos sobrevivir los unos con los otros.

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Pero no siempre se da este suceso conciliador, esa especie de magia colectiva en el que es posible sacudirse de la inercia cotidiana para vernos desde otro sitio. No siempre se da ese deleite estético que nos acompaña, incluso, en el retorno al tren cotidiano. ¿Qué sucede cuando, como dice el maestro Jorge Dubatti, el teatro no teatra? Vaya, no cuaja. Además de que aplaudimos por costumbre, de que bostezamos un par de veces y, cuando las cosas van de plano por el camino incorrecto, dormitamos en plena acción, nos sentimos defraudados. ¿Qué hacer en estos casos? ¿Qué aplica como público? ¿Como medio de comunicación? ¿Guardamos silencio esperando que la obra salga pronto de cartelera o les decimos a cuantos conocemos que ha sido un bodrio? ¿Qué lo hace un bodrio?

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Los que alguna vez han incursionado en los menesteres de la crítica teatral recordarán que en varias propuestas teóricas hay algunos puntos básicos a considerar (solvencia técnica, tratamiento del tema, propuesta de dirección, etcétera) aunque no es necesario estar empapado de teoría para percibir el tufillo de la mala cocción de una propuesta escénica.

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Esta semana, lunes y martes, acudí al Centro Cultural del Bosque a ver teatro así, sin más. Desconocía la cartelera, pero había funciones. Ambas experiencias fueron frustrantes y soporíferas, y las que me lanzaron a esta reflexión.

La primera fue Homicidio imperfecto, una obra cuyo programa de mano augura “una estética propia capaz de transgredirnos y abrirnos a nuevos horizontes de creación”. No sé en qué horizontes andarían antes los integrantes de Teatro de los Efímeros pero difícilmente imagino cómo un nuevo “horizonte” puede derivar en una especie de refrito contemporáneo y tropicalizado de una novela de suspense de Agatha Cristie. Este básico rompecabezas de cuatro actores y una fantasma de cuerpo presente que sólo abre la boca un par de veces para decir las líneas más insulsas (una de esas ocasiones, la asesinada abrió brevemente los labios para reclamarle a un ex amante el que buscara una novia que fuera como su mamá) era unido por lugares comunes mas o menos disfrazados, que se encarnaban en cuatro personajes cuya psique pretende ser diseccionada en escena. Al parecer, sus mentes están hechas sólo de la frustración que les provoca una misma persona.

Me preguntaba todo el tiempo qué hacía ahí, contemplando una especie de versión experimentaloide de C.S.I. a la chilanga. Las personas en las butacas contiguas bostezaban y cada y cuando se reacomodaban en su espacio. Al terminar la obra (que culmina de sopetón con el absurdo intento de inmolación de una de las actrices) el club de fans de Miguel Conde, a quien reconocí de las telenovelas, se desvivió en aplausos. Lo esperaron al final, a ver si conseguían su autógrafo.

Al día siguiente, Me llamo Rachel Corrie. La velada se inauguró con una escenita ridícula provista por Nailea Norvind, otra de las telenovelas, quien se pasó a la fuerza al foro –seguida por una chica de unos quince años- haciendo una entrada triunfal y atormentada a una obra que ya había comenzado. Pero esto como mero adorno.

La obra –cuyo texto en el programa de mano es de Rodolfo Obregón, cosa que noté apenas hoy y que me desanima un poco- comienza como la presentación de una gringuita medio rebelde, medio comprometida socialmente, medio cursi y medio desabrida que, en el momento menos pensado, decide viajar hacia la Franja de Gaza, junto a una asociación civil, para conocer de frente las consecuencias de la política de su depredadora nación. La cosa entonces se convierte en una especie de diario de Ana Frank de la década pasada, en una estampa de Hallmark medio glorificadora y tras mucho esfuerzo, sólo pude rescatar de la función que la señorita Rachel Corrie, quien habitó este mundo entre 1979 y 2003, era una suicida que no pudo con la culpa de toda una nación y terminó por entregarse al absurdo de la guerra que se empeñó en criticar. Eso, con tal de no verla como una mártir, por que ese trabajo prefiero dejárselo a las instituciones religiosas y no al teatro. Lo demás, lo que cuenta la actriz María Inés Pintado a manera de diario íntimo-crónica periodística-entusiasmo de Organización No Gubernamental es un vaivén de deseos femeninos, datos duros sobre el conflicto Israel-Palestina y anécdotas para sensibilizar a la audiencia respecto a ese tema.  Lo otro, la propuesta de dirección, bastante pasiva: una cama que se convierte en escombro, sonidos de bombas y luces chillantes cada que suenan y una actriz que no utiliza gran cosa más allá de los tonos que requiere su narración.

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Y al final, creo que cuando uno se encuentra  de frente al fenómeno escénico, sin ser un versado en elementos teatrales o alguien con formación en este arte, y comienza a imaginar otras formas en que podría contarse lo que dicen los personajes, a fantasear con otra escenografía y de pronto la mente se encuentra en otro sitio, a lo mejor provocado por lo que ve pero reconfigurado a su gusto, a un hubiera totalmente imposible, es ahí cuando sabemos que algo no está bien, que algo no teatró. Esta inquietud, este abandonar la butaca con la mente adelantándose al siguiente paso (¿con quién me veré para los tragos esta noche? ¿qué desayunaré mañana? ¿todavía alcanzo metro?) quiere decir que algo falló desde el proceso, y que nuestra presencia no es suficiente para compensar esas fallas. Y es cuando la pregunta que da el cierre final a las elucubraciones post-teatro surge: ¿qué vine a hacer aquí? Por lo pronto, la obra no nos dio una respuesta.

http://panicoescenicomx.wordpress.com

Publicado por: Pánico Escénico.

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Este artículo fue escrito el 14 de octubre, en la categoría de Desarrollo cultural, Teatro.

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